15.6.06

JPod

Ayer, mientras disfrutaba del sol al mediodía en uno de mis lugares preferidos en el mundo –Bryant Park en Manhattan–, terminé el último libro de Douglas Coupland JPod. Lectura agilísima, ritmo presuroso y digresiones y subtramas mínimas y siempre justificadas son las características que mejor definen a esta novela sobre la vida de Ethan Jarlewski, su familia y sus compañeros de trabajo en una productora de videojuegos en Vancouver.

Definida como la versión actualizada de Microserfs, la novela explora la subcultura geek actual. Desencantados por la burbuja tecnológica de los 90 y recelosos del desarrollo económico y tecnológico chino, los integrantes de la generación Xbox se han (nos hemos) vuelto más realistas y más cínicos. El único combate posible es a través de la ironía. La única revolución, la cirugía estética. Los nuevos dioses son eBay, Youtube y, sobre todo, Google: “The problem is, after a week of intense googling, we’ve started to burn out on knowing the answer to everything. God must feel that way all the time. I think people in the year 2020 are going to be nostalgic for the sensation of feeling clueless”. Éstas son, en definitiva, las únicas armas de que disponen los habitantes de JPod para enfrentarse a una historia de asesinatos, drogas, inmigrantes ilegales, karaokes y bailes de salón.

Uno de los factores más meritorios, en mi opinión y que hacen destacar al trabajo de Coupland, es la asimilación en la técnica literaria de algunas características propias de los videojuegos, en especial, tesoros y bromas escondidas y otros easter eggs. Por desgracia, mis conocimientos tecnológicos son tan escasos que hacen que me pierda la inmensa mayoría de estos juegos de palabras y guiños geek que salpican todo el libro y me tenga que conformar con disfrutar de los más generalistas y, sobre todo, de las referencias a la cultura popular: comentarios sobre los genitales de las Tortugas Ninja, la sexualidad de Ronald McDonald, la música de Morrissey, Supervivientes, los Simpsons…

Por el contrario, creo que el aspecto más objetable del libro es el abuso de recursos visuales como cambios de tipografía, tamaños de caja, utilización de sangrías y justificación de textos y caracteres orientales; que, como dirían más de uno de los personajes del libro, it’s so nineties.

En definitiva, no se trata de una obra literaria exquisita, elitista e imprescindible, pero sí de un buen libro, divertido y muy recomendable para los días de playa. Y ya para terminar, transcribo la frase que más me ha gustado del libro y que tanto tiene que ver con este blog: “I hoped that God would shake my Etch-a-Sketch clean overnight”.


2.6.06

Ya lo decía Georgie Dann

Aquí la primavera no existe: hemos pasado casi en nada de los -10º a los 25º. Eso sí, en ambos casos acompañados de una fantástica humedad, que tiene su reflejo en el concepto de «temperatura de sensación», y que, sin darnos cuenta, sitúa el citado intervalo entre los -20º y los 35º. Pero, bueno –aunque nos acerquemos al angustioso bochorno de una selva africana, que tan bien describía Louis Ferdinand Celine en ‘El viaje al fondo de la noche’–, no hay mal que por bien no venga. Y es que han llegado las barbaques o bbq para los amigos.



Siempre, ya desde niño, había sentido cierto desprecio por las barbacoas, a las que asociaba con el dominguerismo, esa proyección adulta del cholismo y de lo cañí. Ya lo sabéis, un poco elitista sí que soy y ahora no hay tiempo para justificarme. Sin embargo, más mayorcito, descubrí el fenómeno en otros países: primero en Inglaterra y luego en Alemania, donde los más trendy de Hamburgo se instalaban en los parques públicos o en los jardines alrededor del lago Alster para tal celebración. Y ahora ya soy fan. La lástima es que imagino que todavía queda lejos poder organizar una pequeña barbacoa en el Retiro o en la Ciutadella.

Bueno, a lo que íbamos: ayer a las seis La Pianista me informa de que se ha organizado para dentro de dos horas una bbq en casa de M., me da la dirección (no había estado nunca) y me pide si, por favor, puedo traer una ensalada. Pues nada, veré que puedo hacer teniendo en cuenta que los badulakes locales cierran entre las seis y las siete (los supermercados cierran más tarde, pero es imposible llegar si careces, como en mi caso, de coche). Bien: un deli italiano todavía está abierto. Entro, compro los ingredientes para mi ensalada de anacardos, roastbeef y vinagreta de naranja y me acuerdo de que en casa no tengo ningún recipiente suficientemente grande. La única solución: comprar una bandeja metálica utilizada típicamente en los Estados Unidos para meter el pavo de Acción de Gracias en el horno. ¿Qué digo, pavo? Pavazo. Total, para no faltar al recipiente y no parecer un ratilla, preparé ensalada para la Kelly Family entera y todos los integrantes de Lord of the Dance y del Cirque de Soleil (aunque, he de decir, ni un anacardo sobró). Después de preparar mi plato, me duché y me puse mis “mejores” galas –nada del otro mundo, sólo para destacarme un poco sobre el nivel de ranciedad y clasicismo que se estila por estos lares–, que consistieron en mi combinación poppie (rayas y chapitas) más informalismo (jeans y chanclas Birkenstock).

Casa de M. está a unos quince minutos de la mía, por lo que fui andando. A los tres minutos de salir, me doy cuenta de que no estaba seguro de su dirección: solamente recordaba el nombre de la calle y que su apartamento era el número once de un complejo situado en el número 415, 425 o 485. O.K., ningún problema: los tres números están cerca y vas a oír a la gente, a ver el humo de la bbq o a oler la carne a la brasa. Pues no, ningún indicio. Toco el timbre en los respectivos apartamentos once (cuando existen) y nadie me contesta. Joder, que extraño. Y todo ello llevando la bandeja con los dos kilos de ensalada.

Ya está. La Pianista me odia y me ha: (1) Hipótesis A: gastado una broma de mal gusto; (2) Hipótesis B: equivocado con la dirección (con dos subhipótesis: B.1: a propósito; B.2: inconscientemente (según Freud, porque me odiaría)). Así que nada, vuelvo a casa para comprobar la dirección de M. Y no, nada que ver con ella. El problema es mío y de mi alzheimer. Con la dirección correcta, fui a casa de M. En total, más de una hora deambulando por calles con una bandeja de dos kilos de ensalada.

Pero valió la pena: niveles de alcoholismo considerables, discusiones sobre literatura y vinos, bailando bossanova descalzos y descubrir que los pies de La Pianista son, diría, más masculinos que los míos, … Me lo pasé fenomenal y conocí a gente nueva e interesante. A lo mejor, más noticias en breve. “Que buenos los chorizos parrilleros. Que ricas las salchichas a la brasa”.

24.5.06

Los pájaros

La semana pasada, haciendo turismo con mis hermanos por New York, visitamos el Metropolitan Museum of Art. El Met es, junto al Brittish Museum de Londres y el Louvre de París, uno de los cementerios de elefantes de la cultura humana, en el que se acumulan, amontonan y se dejan ver miles de piezas provenientes de tradiciones, épocas, grupos étnicos e imaginarios muy diferentes. La verdad es que vale mucho la pena para ver cuatro o cinco obras (sobre todo, las estelas funerarias de Al Fayum, así como las maquetas funerarias egipcias, un Mont Sainte Victoire de Cézanne, los ukiyo-e de Hakusai y 'La muerte de Socrátes' de Jacques-Louis David), pero intentar ver la totalidad del museo con un mínimo de atención puede suponer una tortura equiparable a leer las listas de ingredientes de todos los productos a la venta de un Carrefour. De hecho, los visitantes de este tipo de museos y los de un hipermercado no dejan de ser los mismos.
Por ello, resulta útil adoptar la misma actitud en ambos escenarios. Esto es en mi caso, tener una lista mental de los productos que he de comprar/ver y luego ir paseando relajadamente hasta encontrar un producto digno de compra/visión. Con mi filosofía Stop and Shop, ríete tú de Warhol y de las sopas Campbell.
Entre las sorpresas con las que nos encontramos está la instalación realizada por Cai Guo-Qiang en la terraza del museo titulada 'Transparent Monument' y formada por cuatro piezas, aunque a lo que aquí nos interesa sólo quiero destacar una de ellas:
Se trata de un panel de vidrio de 4,5 x 3 m., en cuya base se encuentran réplicas de aves muertas. Copio aquí las palabras de su autor: “Like a transparent sculpture or canvas, the glass encases the city and park, fusing them with the work as one, and bringing out the relationship between the city, or civilization, and park, or nature”. Pozí.
A nosotros nos interesaba más observar la reacción de la gente, en especial los grupos de estudiantes de primaria que salían corriendo del ascensor, se acercaban hasta la escultura, frenaban a un metro de ella, ponían sus rostros de pánico, y luego, lentamente, uno de los niños se adelantaba y tocaba uno de los pájaros y las caras de sus compañeros cambiaban a la expresión del asco. Y es que, aunque el museo asegure que las aves son réplicas de papier maché, fiberglass y plomas pegadas, la verdad es que allí olía a muerto...

19.5.06

Efemérides

Hoy hace cinco años:

- Fui a ver una obra de teatro mala sobre relaciones de pareja.
- Hice una llamada telefónica, gracias a Dios, fallida.
- Descubrí la sensibilidad de mi nuca.
- Aprendí unos nuevos reflejos corporales.
- Reí e hice reír gracias a un camarero super-fashion que era muy ejqué en un bar de la calle Escudellers.
- Temblé tanto que me salió un moratón.
- Fui amenazado por una sociópata en nombre de ETA si no le decía la hora a las 3.30 en las Ramblas.
- Empezaron cincuenta meses de los más felices de mi vida.

11.5.06

Música para niños

Hoy no sé porqué me he acordado de la música que mi padre solía poner en el radiocasette del coche cuando éramos pequeños y, en especial, de una canción que cantaba. Al ser el hijo mayor, fue él quien me introdujo en el mundo de la música y así me va.
La música que escuchábamos era siempre en español o en catalán. Así, mi familia, aunque muy abierta ella (véase infra) se evitaba escándalos como el del siguiente video:


Entre la música que nos ponía están los dos temazos que siguen, que me encantan y han marcado mis gustos musicales adultos. Son dos joyas:

Adamo, 'Mes mans sur tes hanches'.
En el coche sonaba la versión española. Cuando ya más mayorcito descubrí la versión en francés, se me desmoronó un mito.

Raffaella Carrá, 'Hay que venir al sur'.
La cara de la chica del vídeo de Adamo es un cromo. Estoy seguro de que si ve los paquetones sureños de los bailarines de Raffaella se le pone una sonrisa de palmo. Je, je.

8.5.06

Ghosts Worlds

Como en ‘Un buen día’ de Los Planetas, he despertado casi a las diez y me he quedado en la cama más de tres cuartos de hora, pero, en mi caso, no estoy seguro de poder afirmar que haya merecido la pena. Estaba leyendo debajo del nórdico cuando he oído ruidos en mi apartamento, como de puertas. No sería extraño si no viviera solo, por lo que he saltado algo espantado de la cama, he salido de la habitación y me he encontrado con la puerta de la calle abierta.

Todavía no comprendo qué ha pasado. Por suerte, más que nada porque en el Estado donde vivo el control de armas es bastante laxo, no había ningún intruso en casa para una representación en directo de ‘A History of Violence’, ni se veía a nadie merodear por la calle. Es posible que no pusiera el cerrojo ayer, pero, aun así, me cuesta creer que la puerta se haya abierto sola.

Después -todavía con cierto susto en el cuerpo-, me he puesto a fantasear sobre espíritus, cementerios indios y cosas por el estilo. Y he recordado unos versos de La Buena Vida, que han llenado el resto de mi día de cierta nostalgia y melancolía:

El aire está tan quieto que podría adivinar
a un fantasma acercarse por detrás.
¿Por qué no pasas a través de mí
y, sin pensarlo, te quedas a vivir?
¿Por qué entonces tengo que creer,
si tú te escondes sin dejarte ver?

5.5.06

Rather ripped off


Esta mañana a las 10 salían a la venta las entradas para el concierto de presentación del último trabajo de Sonic Youth titulado 'Rather Ripped' en la sala CBGB en Manhattan. Malas noticias: he sido incapaz de conseguir ninguna. Cuando he apretado el botón de comprar, la respuesta ha sido que tengo el carrito vacío. Tú sí que tienes la cabeza vacía, hijo de puta. Vuelve a la página de inicio. Y nada. A las 10.06 a.m. ya no quedaba ni rastro de entrada. Desde aquí, pido perdón a las madres de los ingenieros informáticos de Ticketweb. Ellas no se lo merecen o sí.
En cambio, sí he podido comprar entradas para un partido de play-offs entre los Nets de New Jersey y los Miami Heat. Por una panoja, pero todo sea por mi hermano.